Llegamos una tarde de diciembre pidiendo
rai a la bella tierra de Costa Rica. Todo cambió desde el primer día: un país ordenado y limpio, un lugar de costos altos y sin el juego del regateo, parque de diversiones de los gringos y orgullo de los ticos.
Entramos temiendo por nuestra economía y buscando un lugar llamado Montezuma para pasar las fiestas lejos de casa, pero con el amigo Gus.
Fueron 53 días en las playas, ciudades, bosques y montañas por este exhuberante y verde territorio. Disfrutamos de atardeceres increíbles en Mal País y Santa Teresa, respiramos naturaleza en el paraíso de Monteverde y como siempre, recargamos cartuchos en la big city haciendo compras justas, necesarias y artesanales.
Pasamos una navidad y año nuevo inolvidable con un fogón, las estrellas y el mar y decidimos sentar el culo para ahorrar unos mangos y continuar viaje. Fue entonces cuando decidimos hacernos saloneros provisorios y alquilar una casita con
ocean view. Hicimos nuevos amigos, ganamos algunos colones, juntamos buenos augurios y partimos con las ganas renovadas rumbo norte.
Hurgando en la gastronomía encontramos un único y triste plato nacional: el gallo pinto. La frase de Gus quedará en el recuerdo del arte culinario: "hay que despreciar el gallo pinto".
Costa Rica es el país mas caro de América Latina, pero también fue donde mas plata ganamos. Las artesanías cotizan alto con tantos gringos de visita y los "tips" son acorde al lugar.
Nos llevamos además dos corazones de viaje, Meli y Fer con quienes compartimos el laburo, la yerba, la ropa y hasta el techo; las buenas vibras y las locuras de María, los momentos cómicos de la gente de Los Artistas y las charlas con el
buena nota de Machy.
Salimos con mas espectativas que nunca de volver a América Latina, dejando atrás este país atipico y bien cuidado, donde vivimos otra experiencia intrasferible y siempre de aprendizaje.
Gracias por seguir leyendo y participando, con mención de honor al primer seguidor del blog: papi Santiago. El resto de la hinchada sigue desatenta.