Lejos de parecerse a nuestro imaginario del Caribe, el pueblo nos resultó sucio y feo, sin playas y con energía negativa. Tratamos de afrontar la situación y nos mandamos al Parque Nacional Morrocoy, buscando paisajes y alguien a quien venderle las artesanías, y en el Cayo Sal nos encontramos con Cesar y Lulimar. Ellos nos iluminaron los días y nos llevaron a pasear y a comer por todos lados. Visitamos el Cayo Sombrero (foto) y las playas de Tucacas, que resultaron ser unos de los lugares más hermosos en lo que va de este viaje.
Con ellos formamos un grupete loco, divertido y desparejo que lleva por nombre "Los Encayados", y quedará en nosotros el recuerdo de los finos días compartidos en el paraiso.