Existe un momento en que el turista se convierte en viajero. Ese momento fue para nosotros, Uyuni. El viaje, solito, nos desviaba lejos de esta ciudad y sus excursiones para gringos. Nos habíamos enterado que el salar está inundado, que las excusiones ofrecían la mitad del circuito, pero cobraban lo mismo y en dólares. Tercamente, insistimos en ir. Llegamos pasados por agua. Buscando donde dormir, fuimos a dar al alojamiento campesino. Pasamos la noche en un concierto de pedos, eructos y ronquidos. Pero lo más importante fue haber sentido aquel característico olor a coya, el olor del tipo que labura todos los días en el mercado y duerme sobre payasas (en el piso un colchon hecho de paja). La idea de esa noche, mojados y colados en aquel alojamiento, fue que ninguno de los que compartian techo y colchon con nosotros, habia ido ni iba a ir al salar en esas malditas excursiones.
Al otro día volvimos para Potosí, muy tranquilos de no haber participado del negocio de las agencias de turismo.
miércoles, 23 de enero de 2008
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2 comentarios:
Seguimos con esas noches catatastroficas.La proxima vez que hablemos les voy a mandar unas ramitas de lavanda, para mitigar los olorcitos.
Besos mil
mama celeste
resulto aquella ser una noche catastrofica, aunque dejo en nosotros algunas enseñanzas bastante profundas, que marcaron a fuego nuestros corazones. uyuni fue un punto de inflexion para nuestro viaje, y esperamos haber aprendido de ello.
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